Las 5 enseñanzas de un viaje licuadora

Las 5 enseñanzas de un viaje licuadora

Llegué a La Playa con un estómago revuelto y la cabeza a punto de estallarme. Era casi de noche y nos esperaban para comer, pero no pude. Pedí un té, expliqué tímidamente que no me sentía bien y después de tomarlo, salí al patio. Yami, mi amiga, me encontró acurrucada llorando, desolada.

Había pasado cinco días adelantando trabajo, sentada durante horas frente a la computadora y encerrada en casa para poder irme tres días de viaje. Cinco días de vorágine para tres días de calma. Y la calma vino, pero se trajo de la mano a una pandilla insufrible de amigos que yo ya conocía: ansiedad, angustia, miedo, desesperación. Todos me parecían inmensos enemigos como para darles pelea yo sola. Miraba los cerros que tenía frente a mí, ya casi negros porque el sol se iba escondiendo, y así eran mis enemigos. Gigantísimos.

“Me quiero ir”, le dije a Yami y ella me abrazó fuerte. “Mirá el cielo, las estrellas…todo esto es maravilloso. Concentráte y pensá en lo que estás viendo y viviendo ahora”, esa fue su respuesta. E hicimos un trato: decidiría si me iba -o no- a la mañana siguiente.




Y al final, me quedé. Me banqué los tres días con tantas emciones a flor de piel que por eso digo que fue un viaje licuadora. Todo es experiencia y trae nuevos aprendizajes. De ese viaje, me traje estos cinco tesoros

1- Si no te sentís bien, no le muestres al mundo que lo estás

Lo primero que pensé después de llorar más de media hora fue que los demás iban a mirarme y a pensar que estaba desequilibrada. Y sí, lo estaba. Tenía un revoltijo de emociones adentro. ¿Y porqué no podía aparecer frente a ellos con los ojos coloradísimos? Cuando todos se dieron cuenta de que no me sentía bien, simplemente me entendieron.

2- Si los demás saben que estás mal, pueden ayudarte

Porque si estás bien,  ¿para qué lo van a hacer? En el segundo día de viaje, me quedé con Teresa -nuestra anfitriona en el pueblo- y una de sus amigas. Hicieron de todo para animarme: un té de yuyos “milagrosos”, me obligaron a comer tortas fritas, me llevaron de paseo y tomamos mates. La gratitud que sentí fue inmensa.

3-Hay hermosas anécdotas esperándote, siempre, en cualquier lugar

En uno de los paseos con Teresa y su amiga, me llevaron a una cantera desde donde extraen piedras (son un pueblo donde la minería es la actividad económica principal). Teresa juntó cientos de piedras para hacer sus artesanías y como vio que yo daba vueltas por todos lados, me dijo: “elegí una, cualquiera de todas estas. Y esa será tu piedra, porque vos la elegiste, porque la encontraste entre un montón de otras que hay acá”.

4- No te pierdas los lugares magníficos que tenés frente tuyo

Cuando llegué a La Playa, la combinación no fue buena: me pareció un pueblo desolado, como yo, que también me sentía así. Error. Al decidir quedarme, me permití conocerlo mejor: vi su paisaje de cerros en una fila montañosa que se perdía infinitamente en el horizonte, piedras de todos los tamaños y formas, pinturas rupestres que hace siglos dejaron los pueblos originarios de esa zona como una marca indeleble del pasado, una iglesia en medio del pueblo y a una docena de cóndores en el cielo color celeste impecable, sin una sola nube.

5- Salir de la zona de confort es una decisión (que a veces cuesta tomar)

Esos tres días en La Playa fueron incómodos, claro que sí. Pero, ¿cuál era la otra opción? Volver a casa, quedarme sentada o acostada en la cama, probablemente llorando y espantando como pudiera a la angustia, la ansiedad y todo lo demás. Quedarme fue la mejor decisión: me la tenía que bancar, sí, porque peor era resignarme y volver a mi terreno conocido.

Volví renovada y dispuesta a tomas más decisiones. Si había podido bancarme el viaje licuadora, si no me había resignado, entonces podía decidir sobre mi trabajo, mi profesión y hasta en las relaciones personales. Sí, los terrenos desconocidos son tremendamente incómodos, pero siempre vamos a salir de ahí un poquito más fuertes.

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